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Los recuerdos de juventud siempre suelen ser gratificantes,
precisamente por eso, porque cuando se es joven el vigor nos
hace ser más felices; también, si me permitís que filosofe un
poco, el recuerdo quizás sea el único paraíso del que nunca
nadie pueda expulsarnos.
A mi mente aflora uno de ellos, real, pero totalmente
metafísico. Vertiginosamente, me traslada a una mañana del mes
de junio del año 1.957. Varios amigos, entre 16 y 18 años,
pensamos que el día sería espléndido y decidimos pasarlo en el
campo deleitándonos con un buen rancho, que nosotros mismos
cocinaríamos.

Dicho y hecho, una vez realizadas todas las compras y
preparativos que la ocasión requería, todos juntos alegres y
felices, sobre las 12 de la mañana, nos encaminamos hacia un
lugar, muy cerca del río Ebro, denominado "La Chopera de Utebo".
Transcurridos 30 minutos de camino, nos encontramos en el
sitio exacto donde se podía encender fuego; todos juntos,
igual que un ejercito bien coordinado, comenzamos con la prepa-
ración del rancho. Todo era alegría, el tiempo casi perfecto;
la comida seguía a buen ritmo en su elaboración de acuerdo con
el plan previsto, y así, al cabo de una hora por fin, estaba
lista para dar buena cuenta de ella, tenía un aspecto
magnífico.
Antes de empezar a comer, decidimos darnos un baño en el río.
Nos encaminamos hacia una especie de isla por donde el río
transcurría cerca de un pozo en el que se podía nadar
perfectamente. Cada uno de nosotros chapoteaba por
su cuenta
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sin preocuparse
demasiado de lo que hacían los demás. Nos zambullíamos en el
agua a un ritmo rápido, de cabeza, de pie, hasta de culo,
pero, eso sí, sin atrevernos a meternos en el peligroso mismo
centro de la corriente.
Ese vigor juvenil, que he citado al principio, producido por
mis pocos años, me hizo cometer el imprudente alarde de
comunicar a mis amigos que me iba a tirar de cabeza al
mismísimo centro, para después salir nadando a la otra orilla.
Error monumental, pero sin pensármelo dos veces me lancé al
agua.
A partir de ese momento, todo lo que me sucedió fue tan
rápido, que no se si transcurrieron 30 segundos en toda la
acción. Una vez en el agua, mis intenciones eran las de
ponerme horizontal y nadando alcanzar la otra orilla; todos
mis intentos fueron en vano, sentía que me atrapaban los pies
y tiraban de mí con fuerza hacia abajo. He de confesar, que
los primeros pensamientos que tuve eran que quizás algún amigo
me gastaba una broma, pero yo seguía haciendo intentos
desesperados para ponerme a salvo. Subía a la superficie y
veía a todos los amigos en la orilla, pero seguían tirando de
mí y comprendí que me estaba ahogando.
Después de tanta lucha, en una de las inmersiones, sentí que
mis fuerzas fallaban. Percibí una fuerte presión en el cerebro
y a continuación ví proyectadas en mi mente todas las imágenes
de mi corta existencia a una velocidad de vértigo, imágenes
que ni yo siguiera recordaba. Presencié mi propio funeral, con
mis padres, hermanos y toda mi familia y amigos llorando
detrás del féretro.
A continuación, todo mi ser se inundó de una paz absoluta y
comencé a visualizar una luz brillante, cegadora, en forma de
espiral que me transportaba al infinito, bien podríamos
llamarlo lo que se conoce como el tunel del tiempo. De
repente, esa luz se corta, se interrumpe y al cabo de unos
segundos recupero el conocimiento. He vuelto a la vida, estoy
tumbado en la orilla del río rodeado de todos mis amigos, los
cuales me confiesan que se lanzaron al agua al ver mis
dificultades, y me habían salvado de una muerte cierta.
Recuperada la calma, decidimos dar buena cuenta del rancho y a
última hora de la tarde regresamos a nuestras respectivas
casas.
Las horas y los días siguientes, me los pasé con bastante
nerviosismo, reflexionando y recordando todos y cada uno de
los segundos vividos, y di gracias a Dios y a los amigos que
allí se encontraban junto a mí en aquellos difíciles momentos.
Todos ellos me permitieron conocer a mi esposa, hijas, nietas
y tantos amigos que he tenido y tengo en la actualidad.
Han pasado ya 43 años desde entonces, y en todo este largo
tiempo no se han borrado ni una sola de las imágenes relatadas
y que llevo grabadas en mi memoria. Por eso, este episodio de
mi vida lo he querido titular "Los secretos de la mente". A
veces me pregunto: ¿en realidad estuviste en la antesala del
paraíso?
Ángel Tello
Almenara
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