Revista núm. 3

Abril 2000

Los secretos de la mente

o la antesala del paraíso

Los recuerdos de juventud siempre suelen ser gratificantes, precisamente por eso, porque cuando se es joven el vigor nos hace ser más felices; también, si me permitís que filosofe un poco, el recuerdo quizás sea el único paraíso del que nunca nadie pueda expulsarnos.

A mi mente aflora uno de ellos, real, pero totalmente metafísico. Vertiginosamente, me traslada a una mañana del mes de junio del año 1.957. Varios amigos, entre 16 y 18 años, pensamos que el día sería espléndido y decidimos pasarlo en el campo deleitándonos con un buen rancho, que nosotros mismos cocinaríamos.

Dicho y hecho, una vez realizadas todas las compras y preparativos que la ocasión requería, todos juntos alegres y felices, sobre las 12 de la mañana, nos encaminamos hacia un lugar, muy cerca del río Ebro, denominado "La Chopera de Utebo". Transcurridos 30 minutos de camino, nos encontramos en el sitio exacto donde se podía encender fuego; todos juntos, igual que un ejercito bien coordinado, comenzamos con la prepa- ración del rancho. Todo era alegría, el tiempo casi perfecto; la comida seguía a buen ritmo en su elaboración de acuerdo con el plan previsto, y así, al cabo de una hora por fin, estaba lista para dar buena cuenta de ella, tenía un aspecto magnífico.

Antes de empezar a comer, decidimos darnos un baño en el río. Nos encaminamos hacia una especie de isla por donde el río transcurría cerca de un pozo en el que se podía nadar perfectamente. Cada uno de nosotros chapoteaba  por  su cuenta

sin preocuparse demasiado de lo que hacían los demás. Nos zambullíamos en el agua a un ritmo rápido, de cabeza, de pie, hasta de culo, pero, eso sí, sin atrevernos a meternos en el peligroso mismo centro de la corriente.

Ese vigor juvenil, que he citado al principio, producido por mis pocos años, me hizo cometer el imprudente alarde de comunicar a mis amigos que me iba a tirar de cabeza al mismísimo centro, para después salir nadando a la otra orilla. Error monumental, pero sin pensármelo dos veces me lancé al agua.

A partir de ese momento, todo lo que me sucedió fue tan rápido, que no se si transcurrieron 30 segundos en toda la acción. Una vez en el agua, mis intenciones eran las de ponerme horizontal y nadando alcanzar la otra orilla; todos mis intentos fueron en vano, sentía que me atrapaban los pies y tiraban de mí con fuerza hacia abajo. He de confesar, que los primeros pensamientos que tuve eran que quizás algún amigo me gastaba una broma, pero yo seguía haciendo intentos desesperados para ponerme a salvo. Subía a la superficie y veía a todos los amigos en la orilla, pero seguían tirando de mí y comprendí que me estaba ahogando.

Después de tanta lucha, en una de las inmersiones, sentí que mis fuerzas fallaban. Percibí una fuerte presión en el cerebro y a continuación ví proyectadas en mi mente todas las imágenes de mi corta existencia a una velocidad de vértigo, imágenes que ni yo siguiera recordaba. Presencié mi propio funeral, con mis padres, hermanos y toda mi familia y amigos llorando detrás del féretro.

A continuación, todo mi ser se inundó de una paz absoluta y comencé a visualizar una luz brillante, cegadora, en forma de espiral que me transportaba al infinito, bien podríamos llamarlo lo que se conoce como el tunel del tiempo. De repente, esa luz se corta, se interrumpe y al cabo de unos segundos recupero el conocimiento. He vuelto a la vida, estoy tumbado en la orilla del río rodeado de todos mis amigos, los cuales me confiesan que se lanzaron al agua al ver mis dificultades, y me habían salvado de una muerte cierta. Recuperada la calma, decidimos dar buena cuenta del rancho y a última hora de la tarde regresamos a nuestras respectivas casas.

Las horas y los días siguientes, me los pasé con bastante nerviosismo, reflexionando y recordando todos y cada uno de los segundos vividos, y di gracias a Dios y a los amigos que allí se encontraban junto a mí en aquellos difíciles momentos. Todos ellos me permitieron conocer a mi esposa, hijas, nietas y tantos amigos que he tenido y tengo en la actualidad.

Han pasado ya 43 años desde entonces, y en todo este largo tiempo no se han borrado ni una sola de las imágenes relatadas y que llevo grabadas en mi memoria. Por eso, este episodio de mi vida lo he querido titular "Los secretos de la mente". A veces me pregunto: ¿en realidad estuviste en la antesala del paraíso?

 

      Ángel Tello Almenara

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