Dentro de la
música lírica, existen dos géneros que en nuestro país
destacan sobremanera con relación a cualquier otro: la
Zarzuela y la Opereta, habiendo descollado en ambos grandes
compositores que les han dado gloria y celebridad. En el
universo de la ópera, quizás no hayan sido tan prolíficos los
autores españoles, aunque en el ánimo de todos están obras de
la categoría de Marina (Arrieta) o Las Golondrinas (Usandizaga).
En los géneros antes citados, la figura cumbre, sin duda, ha
sido el aragonés, nacido en Alhama de Aragón, Pablo Luna;
basta citar esas zarzuelas como El Asombro de Damasco, El
Niño Judía o Las Calastrosas. No digamos las partituras
maestras de operetas que se recuerdan con nostalgia:
Musetta, Molinos de viento, Los cadetes de la reina, Benamor...
Hoy me quiero referir al estreno de una de sus más célebres
zarzuelas: La pícara molinera, y que aún hoy en la
actualidad sigue siendo pieza de repertorio en las compañías,
recordándose todavía sus magníficos cantables. El libreto, de
ambiente asturiano, está inspirado en la novela del gijonés
Alfonso Camín: La Carmona, nombre de una moza
casquivana, de la que disputan su amor dos guapos mozos
retadores.
La primera ciudad donde fue representada fue Zaragoza, el 28
de octubre de 1928 en le desaparecido Teatro Circo. La estrenó
la compañía de Luis Calvo y el elenco estaba formado por
cantantes de la categoría en la época de: Marcos Redondo, Pepe
Romeu, Sélica Pérez Carpio, Trini Avelli y Antonio Palacios.
Dirigió la orquesta el propio Pablo Luna, que al ocupar el
atril directorial, escuchó una larga ovación. A la conclusión
de cada acto y de la obra, se volvieron a repetir las muestras
de entusiasmo, muy merecidas puesto que esta Zarzuela hay que
colocarla junto a las mejores partituras suyas.
Al final del estreno, dijo el maestro a un periodista: "Lo
habrá notado usted, es música asturiana. Creo haber logrado mi
propósito de interpretar las simpáticas melodías de aquella
tierra norteña".
El clamoroso éxito indujo a la empresa del Teatro Circo a
agasajar a autores e intérpretes con una comida típica
aragonesa en un lugar no menos paradigmático, ubicado en pleno
corazón de nuestra querida Parroquia de San Pablo: "La
posada de las almas".
Las ricas y recias viandas de nuestra gastronomía, fueron
aflorando a la mesa, regadas con un no menos robusto vino de
uva arrancada de los viñedos del campo de Cariñena. Cuando
después de escanciarse el café y los licores, fueron
levantados los manteles, los libretistas de la zarzuela Ángel
Torres del Álamo y Antonio Asenjo leyeron varios cuentos y
todos, con sentidas palabras agradecieron el homenaje.