Revista núm. 5

Abril 2001

PÁGINA MUSICAL

"La Pícara Molinera", "Mujer Fatal"

Homenaje a Pablo Luna

Dentro de la música lírica, existen dos géneros que en nuestro país destacan sobremanera con relación a cualquier otro: la Zarzuela y la Opereta, habiendo descollado en ambos grandes compositores que les han dado gloria y celebridad. En el universo de la ópera, quizás no hayan sido tan prolíficos los autores españoles, aunque en el ánimo de todos están obras de la categoría de Marina (Arrieta) o Las Golondrinas (Usandizaga).

En los géneros antes citados, la figura cumbre, sin duda, ha sido el aragonés, nacido en Alhama de Aragón, Pablo Luna; basta citar esas zarzuelas como El Asombro de Damasco, El Niño Judía o Las Calastrosas. No digamos las partituras maestras de operetas que se recuerdan con nostalgia: Musetta, Molinos de viento, Los cadetes de la reina, Benamor...

Hoy me quiero referir al estreno de una de sus más célebres zarzuelas: La pícara molinera, y que aún hoy en la actualidad sigue siendo pieza de repertorio en las compañías, recordándose todavía sus magníficos cantables. El libreto, de ambiente asturiano, está inspirado en la novela del gijonés Alfonso Camín: La Carmona, nombre de una moza casquivana, de la que disputan su amor dos guapos mozos retadores.

La primera ciudad donde fue representada fue Zaragoza, el 28 de octubre de 1928 en le desaparecido Teatro Circo. La estrenó la compañía de Luis Calvo y el elenco estaba formado por cantantes de la categoría en la época de: Marcos Redondo, Pepe Romeu, Sélica Pérez Carpio, Trini Avelli y Antonio Palacios. Dirigió la orquesta el propio Pablo Luna, que al ocupar el atril directorial, escuchó una larga ovación. A la conclusión de cada acto y de la obra, se volvieron a repetir las muestras de entusiasmo, muy merecidas puesto que esta Zarzuela hay que colocarla junto a las mejores partituras suyas.

Al final del estreno, dijo el maestro a un periodista: "Lo habrá notado usted, es música asturiana. Creo haber logrado mi propósito de interpretar las simpáticas melodías de aquella tierra norteña".

El clamoroso éxito indujo a la empresa del Teatro Circo a agasajar a autores e intérpretes con una comida típica aragonesa en un lugar no menos paradigmático, ubicado en pleno corazón de nuestra querida Parroquia de San Pablo: "La posada de las almas".

Las ricas y recias viandas de nuestra gastronomía, fueron aflorando a la mesa, regadas con un no menos robusto vino de uva arrancada de los viñedos del campo de Cariñena. Cuando después de escanciarse el café y los licores, fueron levantados los manteles, los libretistas de la zarzuela Ángel Torres del Álamo y Antonio Asenjo leyeron varios cuentos y todos, con sentidas palabras agradecieron el homenaje.

Pablo Luna con su jija adoptiva en el balneario de Cestona (Guipúzcoa)

Solamente hubo dos aspectos que deslucieron un poco el homenaje, se omitió el realizar ningún tipo de brindis alusivo a la zarzuela o al acto, y uno de los principales miembros de la compañía, el barítono Marcos Redondo, declinó la invitación, excusando su asistencia a la comida por preferir ejercer una de sus principales aficiones: la pesca. Se fue a practicar tal deporte al río Ebro --seguramente en aquella época, en nuestro río, la fauna de animales de respiración branquial proliferaría más que en nuestros días--.

Muchas veces fue homenajeados en Zaragoza, Pablo Luna, la más emotiva fue cuando el 1 de diciembre de 1924, el alcalde, a la sazón era D. Gonzalo González Salazar, le impuso al maestro la medalla de oro de la ciudad. El Centro Mercantil y la Agrupación Artística Aragonesa se unieron al agasajo. El presidente de la primera sociedad, el poeta Arturo Romaní de Céspedes le dedicó unos versos y la pianista Pilar Bayona, en representación de la Agrupación Artística le entregó un diploma, original del pintor Martín Durbán.

Cincuenta y nueve años después de su muerte --falleció el 28 de enero de 1942-- vaya también mi homenaje al gran Pablo Luna, a la vez que aprovecho la coyuntura para manifestar a todos los lectores, que si algún día, se desplazan al templo del Pilar o a algún lugar próximo al mismo, desvíen ligeramente la trayectoria y atraviesen la pequeña calle ubicada entre las de Contamina y Santa Isabel, que el Ayuntamiento de la ciudad tuvo a bien dedicar a su memoria, y tengan un recuerdo para el más grande compositor lírico que ha alumbrado nuestra tierra aragonesa.

 

         Dupont.

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