Revista núm. 6

Octubre 2001

El ataque de las ventanas asesinas

(O como navegar por Internet, sin naufragar en el intento)

Tengo por vecino a un macarra que se hizo rico especulando con viviendas de protección oficial en la década de los setenta.

Decidió vivir la vida a tope y no casarse, pero al pasar de los cuarenta y cinco, su colesterol alcanzó una cifra similar a la de mi cuenta corriente y decidió hacer caso a su médico y llevar una vida más tranquila y ordenada. Así fue, como frecuentando ambientes más refinados, tuvo la suerte de conocer a una mujer encantadora, algo más joven, con la que se casó hace ahora nueve años.

Tienen una niña preciosa que el pasado Febrero cumplió ocho años, y a su papá no se le ocurrió otra cosa, que regalarle un potente ordenador con conexión a Internet incluida.

El técnico que fue a su casa a configurar la conexión, se dio cuenta fácilmente de que la niña comprendía mucho mejor que su padre, los consejos básicos que les estaba impartiendo, dejándoles programada como página de inicio la de una ONG donde cada día al abrir el ordenador, la niña podría hacer clic con el puntero del ratón en unas zonas determinadas de la página y los patrocinadores destinarían cinco pesetas a campañas contra el hambre en el Tercer Mundo.

A las 9 de la mañana de un domingo, justo dos días después de haber instalado y configura la línea, se presentó la pequeña en el cuarto de sus padres entre asustada y descompuesta, exclamando: ¡papá! .... ¡mamá! .... he abierto el ordenador y ya no sale la hucha de las cinco pesetas para los negritos del África Tropical.... lo que sale es una señora rubia que se está comiendo a dos negros.

Como la manera de expresarse de la niña no era nada normal, saltó el padre de la cama y se dirigió a toda velocidad hasta la habitación donde estaba el aparato y, efectivamente, una explosiva dama de unas 45 primaveras aparecía en distintas fotografías y poses con dos machotes negros, con pinta de no haber pasado hambre (de ningún tipo) en su vida.

La solución que encontró mi vecino no fue otra que desenchufar el ordenador y llamar urgentemente a su gestor, que sabía llevaba varios años navegando por la Red. Mientras llegaba el bombero, el cateto cogió a su hija de la mano y le explicó que todo aquello que había visto no era normal..... que quizá se debiera a un virus de esos que dicen y..... tal y tal, pero la esposa que aunque nunca ha tocado un ordenador no tiene un pelo de tonta, asoció rápidamente el suceso con las tres horas que la noche anterior había estado su marido conectado a Internet y durante las que había oído exclamar de vez en cuando algún que otro juramento. Dirigió una mirada de asco a su marido y le dijo simplemente: ¡Imbécil!... precisamente este año, en el que va a hacer la primera Comunión.

Y esta historia viene a cuento porque aunque me confieso apasionado por todo lo positivo de Internet, reconozco también los problemas que conlleva. Además, todo resulta fácil, cuando se sabe. A mí, que solo llevo tres meses como internauta, me han pasado tantas cosas que, a la fuerza, he aprendido algo.

Los que llevamos tantos años trabajando con un ordenador, aunque no sepamos de informática, partimos con una ligera ventaja sobre personas como mi vecino, pero aún así, los comienzos suelen ser duros y ha habido días en que he envidiado a mi mujer cuando por la noche disfrutaba tranquilamente de su última adquisición literaria.

Lo primero que uno debe hacer para navegar con comodidad y cierta seguridad, es ayudarse de un buen buscador. En el momento en que escribo este artículo (1-09-2001), puedo recomendar, sin ninguna duda: Google. Esta fenomenal herramienta, incluso actúa como traductor, lo encontrarán en la siguiente dirección: www.google.com

Lo que le ocurrió a mi vecino le puede pasar a cualquiera. Un día metes la nariz en un portal erótico y al pasar del segundo o tercer vínculo, los hay en los que te empiezan a aparecer ventanas ofertando distintos géneros y forma de conexión. Tu primera reacción es la de dirigir el puntero del ratón hacia el cierre de la ventana, pero en algunos casos y en según que páginas, no solo no se consigue cerrar, sino que a su vez abre otra y otra.... es lo que se conoce "el ataque de las ventanas asesinas". En casos así, si la cosa se pone muy fea, es preferible salir de Internet, pero esto es lo que hace que en algunos casos, se vaya a hacer puñetas la configuración de la página de inició, pero no pasa nada, enseguida habrás aprendido a volver a configurarla fácilmente al entrar de nuevo y no te cabrearás tanto cuando vuelva a ocurrirte, porque te ocurrirá. Por lo que a mi respecta, todos los días al apagar el ordenador, he adquirido la costumbre de revisar el menú de Inicio por si se me ha filtrado algún icono que no me resulte familiar. Caso de descubrir algún inquilino no deseado, lo elimino rápidamente y después compruebo en "configuración-acceso telefónico a redes" si también se ha colado allí, eliminándolo igualmente.

Algo que suele preocupar a internautas principiantes como yo, es eso de las "cookies" (galletas). La verdad es que no son otra cosa que bloques de datos que determinados sitios web introducen en el disco duro de nuestro ordenador cuando los visitamos. En el caso de volver a conectarnos con una página de las que nos envió una cookie, ésta le será devuelta con información acerca de nuestras preferencias. No pasa nada por ello, y menos si nunca hemos rellenado con dicha web ningún tipo de formulario con nuestros datos personales o de tarjeta de crédito. No obstante, si las galletitas les hacen sentirse espiados, pueden configurar su ordenador para no recibirlas ni almacenarlas. Ahora bien, si un día van a efectuar alguna compra, será necesario volver a admitirlas. Lo mismo pasa con alguna publicación, concretamente la revista Interviú, te suele contestar en inglés, algo que más o menos quiere decir: "Si no hay galleta, no hay revista" y en el caso de que esté configurado para no recibirlas y almacenarlas.

No podemos olvidarnos de los temidos virus. Por mucho que se advierta sobre evitar ejecutar archivos que provengan de correo electrónico con remitente sospechoso o desconocido, son innumerables los casos en que la curiosidad es mayor que la cautela y.... ¡zass!.... todo a tomar por el saco. En esto, como en otras cosas de la vida, he tomado la determinación de preocuparme y tomar medidas de prevención, pero sin obsesionarme demasiado. Está escrito que si te los han de meter, te los meterán. Aconsejo decidirse por uno de los programas antivirus que más o menos todos conocemos y que se pueden actualizar al menos una vez al mes a través de Internet y, por supuesto, procurar hacer copias de seguridad de todo aquello que consideramos importante.

Aunque el ordenador tenga ese nombre, el usuario debe ser lo suficientemente ordenado. Al igual que hacemos habitualmente con nuestro procesador de textos, debemos abrir todas las carpetas que sean necesarias en la lista de favoritos de Internet y guardar allí todas aquellas direcciones que encontremos o nos recomienden y que consideremos de gran interés.

Y nada más, deseando una feliz navegación a todos aquellos que decidan subirse a bordo de este transatlántico del nuevo milenio, quiero terminar con un último consejo: Dosifiquen su tiempo y no pretendan en un día conocerlo todo, les aseguro que es imposible, No dejen de hacer por ello, todo lo saludable e inteligente que antes hacían, como pasear, leer, visitar a los abuelos, escuchar música o ir al cine, siempre habrá alguien que se lo agradecerá.

         Rafael Castillejo Murillo.

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