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El ataque de
las ventanas
asesinas
(O como navegar por Internet, sin naufragar
en el intento)
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Tengo por
vecino a un macarra que se hizo rico especulando con viviendas
de protección oficial en la década de los setenta.
Decidió vivir
la vida a tope y no casarse, pero al pasar de los cuarenta y
cinco, su colesterol alcanzó una cifra similar a la de mi
cuenta corriente y decidió hacer caso a su médico y llevar una
vida más tranquila y ordenada. Así fue, como frecuentando
ambientes más refinados, tuvo la suerte de conocer a una mujer
encantadora, algo más joven, con la que se casó hace ahora
nueve años.
Tienen una niña
preciosa que el pasado Febrero cumplió ocho años, y a su papá
no se le ocurrió otra cosa, que regalarle un potente ordenador
con conexión a Internet incluida.
El técnico que
fue a su casa a configurar la conexión, se dio cuenta
fácilmente de que la niña comprendía mucho mejor que su padre,
los consejos básicos que les estaba impartiendo, dejándoles
programada como página de inicio la de una ONG donde cada día
al abrir el ordenador, la niña podría hacer clic con el
puntero del ratón en unas zonas determinadas de la página y
los patrocinadores destinarían cinco pesetas a campañas contra
el hambre en el Tercer Mundo.
A las 9 de la
mañana de un domingo, justo dos días después de haber
instalado y configura la línea, se presentó la pequeña en el
cuarto de sus padres entre asustada y descompuesta,
exclamando: ¡papá! .... ¡mamá! .... he abierto el ordenador y
ya no sale la hucha de las cinco pesetas para los negritos del
África Tropical.... lo que sale es una señora rubia que se
está comiendo a dos negros.
Como la manera
de expresarse de la niña no era nada normal, saltó el padre de
la cama y se dirigió a toda velocidad hasta la habitación
donde estaba el aparato y, efectivamente, una explosiva dama
de unas 45 primaveras aparecía en distintas fotografías y
poses con dos machotes negros, con pinta de no haber pasado
hambre (de ningún tipo) en su vida.
La solución que
encontró mi vecino no fue otra que desenchufar el ordenador y
llamar urgentemente a su gestor, que sabía llevaba varios años
navegando por la Red. Mientras llegaba el bombero, el cateto
cogió a su hija de la mano y le explicó que todo aquello que
había visto no era normal..... que quizá se debiera a un virus
de esos que dicen y..... tal y tal, pero la esposa que aunque
nunca ha tocado un ordenador no tiene un pelo de tonta, asoció
rápidamente el suceso con las tres horas que la noche anterior
había estado su marido conectado a Internet y durante las que
había oído exclamar de vez en cuando algún que otro juramento.
Dirigió una mirada de asco a su marido y le dijo simplemente:
¡Imbécil!... precisamente este año, en el que va a hacer la
primera Comunión.
Y esta historia
viene a cuento porque aunque me confieso apasionado por todo
lo positivo de Internet, reconozco también los problemas que
conlleva. Además, todo resulta fácil, cuando se sabe. A mí,
que solo llevo tres meses como internauta, me han pasado
tantas cosas que, a la fuerza, he aprendido algo.
Los que
llevamos tantos años trabajando con un ordenador, aunque no
sepamos de informática, partimos con una ligera ventaja sobre
personas como mi vecino, pero aún así, los comienzos suelen
ser duros y ha habido días en que he envidiado a mi mujer
cuando por la noche disfrutaba tranquilamente de su última
adquisición literaria.

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Lo primero que
uno debe hacer para navegar con comodidad y cierta seguridad,
es ayudarse de un buen buscador. En el momento en que escribo
este artículo (1-09-2001), puedo recomendar, sin ninguna duda:
Google. Esta fenomenal herramienta, incluso actúa como
traductor, lo encontrarán en la siguiente dirección:
www.google.com
Lo que le
ocurrió a mi vecino le puede pasar a cualquiera. Un día metes
la nariz en un portal erótico y al pasar del segundo o tercer
vínculo, los hay en los que te empiezan a aparecer ventanas
ofertando distintos géneros y forma de conexión. Tu primera
reacción es la de dirigir el puntero del ratón hacia el cierre
de la ventana, pero en algunos casos y en según que páginas,
no solo no se consigue cerrar, sino que a su vez abre otra y
otra.... es lo que se conoce "el ataque de las ventanas
asesinas". En casos así, si la cosa se pone muy fea, es
preferible salir de Internet, pero esto es lo que hace que en
algunos casos, se vaya a hacer puñetas la configuración de la
página de inició, pero no pasa nada, enseguida habrás
aprendido a volver a configurarla fácilmente al entrar de
nuevo y no te cabrearás tanto cuando vuelva a ocurrirte,
porque te ocurrirá. Por lo que a mi respecta, todos los días
al apagar el ordenador, he adquirido la costumbre de revisar
el menú de Inicio por si se me ha filtrado algún icono que no
me resulte familiar. Caso de descubrir algún inquilino no
deseado, lo elimino rápidamente y después compruebo en
"configuración-acceso telefónico a redes" si también se ha
colado allí, eliminándolo igualmente.
Algo que suele
preocupar a internautas principiantes como yo, es eso de las "cookies"
(galletas). La verdad es que no son otra cosa que bloques de
datos que determinados sitios web introducen en el disco duro
de nuestro ordenador cuando los visitamos. En el caso de
volver a conectarnos con una página de las que nos envió una
cookie, ésta le será devuelta con información acerca de
nuestras preferencias. No pasa nada por ello, y menos si nunca
hemos rellenado con dicha web ningún tipo de formulario con
nuestros datos personales o de tarjeta de crédito. No
obstante, si las galletitas les hacen sentirse espiados,
pueden configurar su ordenador para no recibirlas ni
almacenarlas. Ahora bien, si un día van a efectuar alguna
compra, será necesario volver a admitirlas. Lo mismo pasa con
alguna publicación, concretamente la revista Interviú, te
suele contestar en inglés, algo que más o menos quiere decir:
"Si no hay galleta, no hay revista" y en el caso de que esté
configurado para no recibirlas y almacenarlas.
No podemos
olvidarnos de los temidos virus. Por mucho que se advierta
sobre evitar ejecutar archivos que provengan de correo
electrónico con remitente sospechoso o desconocido, son
innumerables los casos en que la curiosidad es mayor que la
cautela y.... ¡zass!.... todo a tomar por el saco. En esto,
como en otras cosas de la vida, he tomado la determinación de
preocuparme y tomar medidas de prevención, pero sin
obsesionarme demasiado. Está escrito que si te los han de
meter, te los meterán. Aconsejo decidirse por uno de los
programas antivirus que más o menos todos conocemos y que se
pueden actualizar al menos una vez al mes a través de Internet
y, por supuesto, procurar hacer copias de seguridad de todo
aquello que consideramos importante.
Aunque el
ordenador tenga ese nombre, el usuario debe ser lo
suficientemente ordenado. Al igual que hacemos habitualmente
con nuestro procesador de textos, debemos abrir todas las
carpetas que sean necesarias en la lista de favoritos de
Internet y guardar allí todas aquellas direcciones que
encontremos o nos recomienden y que consideremos de gran
interés.
Y nada más,
deseando una feliz navegación a todos aquellos que decidan
subirse a bordo de este transatlántico del nuevo milenio,
quiero terminar con un último consejo: Dosifiquen su tiempo y
no pretendan en un día conocerlo todo, les aseguro que es
imposible, No dejen de hacer por ello, todo lo saludable e
inteligente que antes hacían, como pasear, leer, visitar a los
abuelos, escuchar música o ir al cine, siempre habrá alguien
que se lo agradecerá.
Rafael Castillejo Murillo.
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