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Lo cierto es que algunas de las tertulias que se originan en
las salas de espera de los hospitales, son
de lo mas "edificante". Hace algún tiempo,
tuvieron que hacerle una operación de trasplante de riñón a un
pariente mío en el hospital Miguel Servet, y estaba ingresado
en la planta, creo que era la de urología, en una habitación
donde solamente se le podía ver a través de una cristalera, en
observación ante cualquier tipo de rechazo del riñón
trasplantado. Fui a verlo una mañana, bastante temprano, al
entrar en la sala de espera solamente estaban, una señora
rubia de mediana edad bastante elegante, y otra señora de más
edad, que dormitaba, con aspecto de haber pasado allí toda la
noche. Después de saludar a la señora rubia, me senté en
espera de que llegase la hora de poder ver al mencionado
pariente.
Aquel día debía de haber consulta médica, porque poco a poco
se fue llenando la sala.
--¿Tiene usted alguien ingresado aquí?. Preguntó una
joven gorda de unos treinta años dirigiéndose a mí.
--Si, -comenté yo-. Tengo un pariente al que le han
hecho una operación de trasplante de riñón, después de tres
años de diálisis y está ingresado en observación ante un
posible rechazo.
--No se preocupe, que todo irá bien -contestó un señor
de aspecto horrible el cual le faltaba media mandíbula-
fíjese, 14 años llevo yo con el riñón trasplantado y voy
estupendamente. Sin ningún problema. Sen embargo, me ha ido
peor en otros aspectos, porque tuve un problema en la boca y
me tuvieron que quitar media mandíbula, y ahora mismo llevo un
enfriamiento morrocotudo-.
--Pues yo tenía un amigo que le hicieron un trasplante y se
murió a los tres meses-. comentó con voz desagradable, un
individuo bajito con cara de imbécil.
--Yo llevo ya siete años y también me ha ido muy bien-
dijo la joven gorda- pero tengo la columna vertebral
deshecha y debido a mi peso me produce unos dolores terribles.
Ahora no te quitan el riñón enfermo, sino que te ponen el
nuevo aquí delante -haciendo un gesto señalándose el
vientre- Lo que no sé es por qué a
las mujeres se les nota
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después, el vientre más
hinchado que a los hombres.
--Mi marido- Intervino la señora rubia bastante
elegante - ha estado 12 años con el riñón trasplantado, sin
ningún problema, hasta hace poco que empezó a producirle
rechazo y tienen que volverla a realizar otro trasplante
urgente. De momento está ingresado a la espera de un nuevo
donante, y le han tenido que poner una "fístula" en el cuello,
para poder conectarle la máquina y realizarle las sesiones de
diálisis correspondientes, pero no puede estar así mucho
tiempo, porque puede producirle algún tipo de infección-.

-Ahora porque su marido está ingresado, pero si no, es una
lata tener que venir a diálisis cada dos o tres días;
sobretodo si se vive lejos- Contestó la gorda.
-A mi marido se lo estuvimos haciendo en casa- volvió a
decir la rubia.
-¿En casa?. Replicó la gorda. La mujer que dormitaba
seguía dormitando. Yo empezaba a estar hasta los mismísimos
huevos (que queda más fino que decir cojones) del cariz que
estaba tomando la conversación, y se me estaba quedando un
cuerpo la mar de sandunguero. Pero continuaba el diálogo entre
la rubia y la gorda.
-Si porque en aquella época -prosiguió la rubia- a
mí me tuvieron que operar de un cáncer de mama y tenían que
estar dándome sesiones de radioterapia, y claro, yo en esas
condiciones, con el pecho quemado, y él también de aquellas
maneras, no podíamos estar yendo y viniendo del pueblo, y nos
proporcionaron los utensilios necesarios para poder realizar
las sesiones de diálisis en casa..
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--¿De qué
pueblo es usted? ¿Está muy lejos de aquí?- Volvió a insistir
la gorda.
--Somos de Orihuela de Pitera
--¿De Orihuela de Pitera son ustedes? Pero si yo estuve
allí de pequeña veraneando. Aún me acuerdo de Antonio el
panadero, que por cierto era una persona muy amable.
--Si, se caso con la Felisa, la hija del carnicero, pero
tuvieron muy mala suerte, porque a él le atropelló un tractor
y tuvieron que cortarle una pierna para no desangrarse; además
quedó paralítico y su mujer murió al poco tiempo de leucemia.
Lo malo es que el pobre está en una silla de ruedas y su
madre, que vive con él, padece de demencia senil.
--Que mala suerte. También había entonces un chico de mi
edad, que se ahogó al poco tiempo.
--Ya recuerdo. era el hijo del Eulogio y de la María, que
por cierto, se les quemó la casa en que vivían, y ahora están
en un asilo. También se acordará del Venancio, que era el
tonto del pueblo, porque le pegó de pequeño una coz una mula y
lo dejó idiota.
--¡Oiga señor! ¡Que se está usted poniendo verde! ¿Le
ocurre algo?- Chilló la gorda dirigiéndose a mi.
--No, no. No me sucede nada. -repliqué yo con voz
entrecortada-. Es que hace mucho calor aquí.
--¿Quiere que avisemos a un médico? No tiene usted muy
buena cara.
--No por favor. Ya voy a salir un momento fuera para que me
dé el aire. Creo que se me pasará.
Salí de la sala tambaleándome. A mis espaldas oía unas voces
lejanas que decían: "Pobre señor. Que mala cara tiene.
Deberíamos haber llamado a un médico".
Una vez en la calle, no sabía que hacer; si darme un paseo por
el parque para despejarme, o entrar a urgencias para que me
operasen de algo, o acordarme de la madre que los parió a
todos lo que estaban en la sala.
Ramón
Pérez Bordetas.
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