Revista núm. 10

Noviembre 2003

Tertulia en la sala de espera

Lo cierto es que algunas de las tertulias que se originan en las  salas de espera de los hospitales, son de lo mas "edificante".  Hace algún tiempo, tuvieron que hacerle una operación de trasplante de riñón a un pariente mío en el hospital Miguel Servet, y estaba ingresado en la planta, creo que era la de urología, en una habitación donde solamente se le podía ver a través de una cristalera, en observación ante cualquier tipo de rechazo del riñón trasplantado. Fui a verlo una mañana, bastante temprano, al entrar en la sala de espera solamente estaban, una señora rubia de mediana edad bastante elegante, y otra señora de más edad, que dormitaba, con aspecto de haber pasado allí toda la noche. Después de saludar a la señora rubia, me senté en espera de que llegase la hora de poder ver al mencionado pariente.

Aquel día debía de haber consulta médica, porque poco a poco se fue llenando la sala.

--¿Tiene usted alguien ingresado aquí?. Preguntó una joven gorda de unos treinta años dirigiéndose a mí.

--Si, -comenté yo-. Tengo un pariente al que le han hecho una operación de trasplante de riñón, después de tres años de diálisis y está ingresado en observación ante un posible rechazo.

--No se preocupe, que todo irá bien -contestó un señor de aspecto horrible el cual le faltaba media mandíbula- fíjese, 14 años llevo yo con el riñón trasplantado y voy estupendamente. Sin ningún problema. Sen embargo, me ha ido peor en otros aspectos, porque tuve un problema en la boca y me tuvieron que quitar media mandíbula, y ahora mismo llevo un enfriamiento morrocotudo-.

--Pues yo tenía un amigo que le hicieron un trasplante y se murió a los tres meses-. comentó con voz desagradable, un individuo bajito con cara de imbécil.

--Yo llevo ya siete años y también me ha ido muy bien- dijo la joven gorda- pero tengo la columna vertebral deshecha y debido a mi peso me produce unos dolores terribles. Ahora no te quitan el riñón enfermo, sino que te ponen el nuevo aquí delante -haciendo un gesto señalándose el vientre- Lo que no sé es por   qué   a   las   mujeres   se  les  nota

después, el vientre más hinchado que a los hombres.

--Mi marido- Intervino la señora rubia bastante elegante - ha estado 12 años con el riñón trasplantado, sin ningún problema, hasta hace poco que empezó a producirle rechazo y tienen que volverla a realizar otro trasplante urgente. De momento está ingresado a la espera de un nuevo donante, y le han tenido que poner una "fístula" en el cuello, para poder conectarle la máquina y realizarle las sesiones de diálisis correspondientes, pero no puede estar así mucho tiempo, porque puede producirle algún tipo de infección-.

-Ahora porque su marido está ingresado, pero si no, es una lata tener que venir a diálisis cada dos o tres días; sobretodo si se vive lejos- Contestó la gorda.

-A mi marido se lo estuvimos haciendo en casa- volvió a decir la rubia.

-¿En casa?. Replicó la gorda. La mujer que dormitaba seguía dormitando. Yo empezaba a estar hasta los mismísimos huevos (que queda más fino que decir cojones) del cariz que estaba tomando la conversación, y se me estaba quedando un cuerpo la mar de sandunguero. Pero continuaba el diálogo entre la rubia y la gorda.

-Si porque en aquella época -prosiguió la rubia- a mí me tuvieron que operar de un cáncer de mama y tenían que estar dándome sesiones de radioterapia, y claro, yo en esas condiciones, con el pecho quemado, y él también de aquellas maneras, no podíamos estar yendo y viniendo del pueblo, y nos proporcionaron los utensilios necesarios para poder realizar las sesiones de diálisis en casa..

--¿De qué pueblo es usted? ¿Está muy lejos de aquí?- Volvió a insistir la gorda.

--Somos de Orihuela de Pitera

--¿De Orihuela de Pitera son ustedes? Pero si yo estuve allí de pequeña veraneando. Aún me acuerdo de Antonio el panadero, que por cierto era una persona muy amable.

--Si, se caso con la Felisa, la hija del carnicero, pero tuvieron muy mala suerte, porque a él le atropelló un tractor y tuvieron que cortarle una pierna para no desangrarse; además quedó paralítico y su mujer murió al poco tiempo de leucemia. Lo malo es que el pobre está en una silla de ruedas y su madre, que vive con él, padece de demencia senil.

--Que mala suerte. También había entonces un chico de mi edad, que se ahogó al poco tiempo.

--Ya recuerdo. era el hijo del Eulogio y de la María, que por cierto, se les quemó la casa en que vivían, y ahora están en un asilo. También se acordará del Venancio, que era el tonto del pueblo, porque le pegó de pequeño una coz una mula y lo dejó idiota.

--¡Oiga señor! ¡Que se está usted poniendo verde! ¿Le ocurre algo?- Chilló la gorda dirigiéndose a mi.

--No, no. No me sucede nada. -repliqué yo con voz entrecortada-. Es que hace mucho calor aquí.

--¿Quiere que avisemos a un médico? No tiene usted muy buena cara.

--No por favor. Ya voy a salir un momento fuera para que me dé el aire. Creo que se me pasará.

Salí de la sala tambaleándome. A mis espaldas oía unas voces lejanas que decían: "Pobre señor. Que mala cara tiene. Deberíamos haber llamado a un médico".

Una vez en la calle, no sabía que hacer; si darme un paseo por el parque para despejarme, o entrar a urgencias para que me operasen de algo, o acordarme de la madre que los parió a todos lo que estaban en la sala.

 

         Ramón Pérez Bordetas.

CERRAR ESTA VENTA PARA REGRESAR A PAGINA PRINCIPAL